El termino foro era usado por los antiguos romanos para referirse al espacio grande, abierto y, normalmente, rectangular, en la parte central de una ciudad, un lugar público donde tenía lugar la asamblea del pueblo. En un principio era un espacio abierto, sin edificios, en el que la gente se reunía los días de mercado y en las fiestas religiosas, para las elecciones y para otros acontecimientos públicos; después, se convirtió en el centro político donde estaban los edificios civiles y administrativos y los templos más importantes.
Con frecuencia tenía arcos en ambos extremos de las calles que lo atravesaban, el cardo maximus, la vía principal en sentido Norte-Sur y el decumanus maximus que atravesaba la ciudad en sentido Este-Oeste. En tiempos antiguos, cada ciudad tenía un foro, que no sólo servía para transacciones legales, actividades políticas y negocios comerciales, sino también como zona para juegos públicos, entretenimientos, representaciones teatrales, combates de gladiadores y de lucha, y para carreras.
El foro era, en definitiva, el centro neurálgico de la ciudad, con un gran plaza pavimentada abierta en torno a la cual se disponían los edificios públicos más importantes (templo, curia, tabularium, basílica civil…). En todas las ciudades del mundo romano, y también en Hispania, el foro es el espacio en el que solía encontrarse la epigrafía más exquisita desde el punto de vista técnico y donde éstas confluían; esto era así porque precisamente el foro constituía la galería histórica de las ciudades y porque podía servir para mostrar el nivel de vida al estilo romano que difundía y propagaba la identificación de cada ciudad con todo un Imperio.
La historia de la ciudad, la demostración de su riqueza, la evidencia de su fidelidad a las tradiciones del Principado y los ejercicios de autorrepresentación de sus élites confluían en un mismo espacio que era al tiempo un área necesaria para el funcionamiento urbano y un escaparate de la ciudad. La mayor parte de las inscripciones que se colocaban en el foro constituían las evidencias de esa autorrepresentación de las élites locales, es decir, pedestales para estatuas honoríficas, homenajes póstumos o en vida de todo tipo a antiguos magistrados, placas de mármol con recuerdos de la financiación privada de determinados elementos, etc; también eran frecuentes los homenajes a la familia imperial y a los emperadores difuntos, a los patronos de la ciudad, a los gobernadores provinciales, etc.
Podríamos encontrar, igualmente, inscripciones votivas dedicadas a las divinidades oficiales del culto romano, así como a las funciones y virtudes imperiales divinizadas. Por último, el foro era el escenario ideal para colocar una parte importante de los textos jurídicos que regían el funcionamiento de la ciudad, sus relaciones con Roma o sus acuerdos con otras ciudades que aparecían grabadas en metal o piedra reproduciendo los documentos originales que se guardaban en el tabularium o archivo de la ciudad.
De acuerdo con la norma vitrubiana su forma debía ser rectangular, aunque ello no siempre es así. Es el caso de Torreparedones cuya plaza forense, en el estado actual de la excavación, parece tener forma cuadrangular, con unas dimensiones aproximadas de 25x25 m.
Su pavimento era de grandes losas de caliza micrítica de color gris, muy resistentes. En algunos de sus extremos presenta un canalillo perimetral que servía para evacuar el agua de lluvia hacia la cloaca que hay bajo el kardo. De momento no se ha encontrado ningún pedestal o inscripción honorífica, aunque sí evidencias sobre el pavimento de haberse colocado varios pedestales para estatuas en el flanco meridional.
La pieza más significativa encontrada hasta la fecha es el busto en mármol blanco, a tamaño natural, del emperador Claudio divinizado. A ello habría que añadir otro hallazgo relevante: una inscripción monumental sobre el pavimento de la plaza que menciona el nombre de la persona que costeó de su propio bolsillo dicha pavimentación. Se trata d
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